La pandemia lo ha cambiado todo. El confinamiento ha obligado a modificar hábitos y costumbres en todos los sectores y el teatro no ha sido ajeno a todo ello. Durante los meses más duros del encierro, no fueron pocos los teatros y salas de exhibición que pusieron en práctica la explotación de contenidos virtuales, desde obras teatrales grabadas hasta streaming en directo. Inevitablemente se abrió el debate: ¿Podemos considerar teatro a este tipo de «teatro virtual»? ¿Podría ser el punto de partida de nuevos formatos teatrales? ¿Ha llegado para quedarse?

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La difusión y distribución de contenidos digitales vive un boom imparable. Gracias a las redes, cada vez más rápidas y a las plataformas digitales de exhibición, se puede acceder a infinidad de contenidos audiovisuales de todo tipo: películas, series, música… y también teatro. Durante el confinamiento duro, numerosos teatros y salas combatieron el cierre ofreciendo en sus webs obras teatrales y otros espectáculos grabados. Algunos centros escénicos, como los Teatros del Canal de Madrid, crearon «salas virtuales» desde donde investigar, experimentar y potenciar este tipo de formato. Todo apunta a que la difusión escénica digital, ha llegado para quedarse.

Inevitablemente nos planteamos si estos formatos digitales de las artes escénicas pueden ser considerados teatro, en el sentido más estricto de la palabra, o bien constituyen un nuevo género en sí mismo. Existen algunas diferencias vitales respecto a la representación en vivo. Una obra teatral, desde un punto de vista teórico, implica la confrontación de la propuesta artística con el público, es un arte que se ejecuta en vivo y que goza de esa magia de lo irrepetible. Porque un mismo diálogo, un mismo movimiento o una misma mirada, es siempre diferente en cada representación. Existen multitud de variables que pueden aportar matices distintos de una función a otra. El mismo público constituye una de esas variables, porque su reacción espontánea a lo que sucede en el escenario, también es diferente cada día.

Es importante tener en cuenta que la experiencia teatral no se basa únicamente en lo que sucede sobre el escenario. Un teatro es un espacio tangible, en el que comparte una experiencia colectiva: las emociones, los aplausos, incluso la propia acústica de la sala, forman parte de la experiencia teatral para el espectador. Todo eso es imposible trasladarlo a un formato grabado. Por supuesto se trata de la grabación de un espectáculo teatral, pero ¿es realmente teatro?.

Hay quien opina como René Magritte frente a su ilustración de una pipa: «Ceci n’est pas une pipe» (esto no es una pipa). Para Magritte, el lienzo era la representación de una pipa, pero no la pipa en sí. Tal vez la grabación de una obra teatral sea exactamente eso, una grabación, pero no una obra teatral, entendida como una experiencia completa que va más allá de lo que se representa en escena.

¿La retransmisión en streaming puede acercarnos algo más la esencia teatral?

Podríamos apuntar algunas diferencias fundamentales entre la grabación de una obra teatral y su retransmisión en streaming, ya que en ese caso sí encontramos una convivencia en el tiempo entre la obra representada y el público. Sigue sin existir la interacción necesaria para que la experiencia teatral sea completa, ya que el público puede estar viendo la representación a cientos de kilómetros de distancia, pero lo cierto es que el streaming permite disfrutar de lo irrepetible del directo.

En otros sectores, como en el deportivo, estamos totalmente habituados a disfrutar de competiciones y eventos desde el salón de nuestra casa y podemos vibrar con la retransmisión de un partido de fútbol, baloncesto o tenis como si estuviéramos en el mismo estadio o cancha. ¿Quién no ha vivido alguna final deportiva con la intensidad de asistir a un momento único, en directo? ¿Podría ser esto mismo extrapolable al teatro?

Técnicamente sí, desde luego. La tecnología lo permite, pero inevitablemente volvemos a encontrarnos con otro debate. En la retransmisión de un evento, sea deportivo, musical o teatral, existe un elemento mediador, una visión intermedia entre el espectáculo y su público. La propia realización audiovisual dirige lo que vemos y cómo lo vemos. El teatro se filtra hasta el espectador a través del lenguaje cinematográfico, que en algunos aspectos esenciales puede ser coincidente con el arte teatral, pero existe una gramática visual basada en planos generales, planos medios y planos detalle, que dirigen e incluso condicionan la atención del espectador. Vemos la función a través de la mirada del realizador. Para que la experiencia sea lo más teatral posible, el realizador deb tener una amplia formación teatral que le permita respetar los códigos y la propia esencia del arte escénico. No suena fácil y el resultado depende en gran medida la subjetividad, tanto del realizador, como del espectador.

La evolución en los hábitos de los consumidores definirá la respuesta

Los hábitos de consumo del espectador cultural evolucionan. Las nuevas generaciones están habituadas a disfrutar de la enorme oferta, la inmediatez y el fácil acceso a todo tipo de contenidos digitales a través de dispositivos que podemos llevar en el bolsillo. Las artes escénicas pueden beneficiarse de ello para ganar posicionamiento frente a una oferta cada vez más amplia de contenidos, aunque haya quien opine que de este modo se traiciona su propia esencia. Por contra, también habrá quien lo considere una evolución lógica del sector de las artes escénicas. Como siempre, será el público quien tenga la última palabra.